jueves, 19 de mayo de 2016

Cualquier niño es más curioso que el mejor de los científicos

NUNCA HA EXISTIDO, en la historia de la humanidad, un científico que haya sido la mitad de curioso que cualquier niño que tenga una edad entre 18 meses y 4 o 5 años, pero hemos confundido esta extraordinaria curiosidad por todo con una falta de habilidad para concentrarse. Hemos observado a nuestros niños cuidadosamente, pero no siempre hemos comprendido lo que significan sus acciones.
Un niño comienza a aprender justo después de nacer. Para cuando tiene seis años y empieza el aprendizaje de la lectura, ya ha absorbido una ingente cantidad de información, quizá más de la que aprenderá el resto de su vida. Con seis años ha aprendido la información básica sobre sí mismo y su familia, sus vecinos y sus relaciones con ellos, su mundo y su relación con él, y un sinfín más de hechos que son literalmente incontables. Y lo más significativo, habrá aprendido un idioma completo y a veces dos, tres o incluso más. El proceso de aprendizaje en los primeros años se origina a una velocidad increíble. Un niño pequeño tiene un ardiente e ilimitado deseo por aprender.
Si observamos atentamente a un niño pequeño. En primer lugar, vuelve loco a todo el mundo. ¿Por qué?. Porque su curiosidad no descansa. No le puedes disuadir, disciplinar o confinar su deseo por aprender, aunque te lo propongas, y verdaderamente lo hemos intentado.
Quiere aprender cosas acerca de la lámpara, la taza de café, el enchufe y el periódico y todo lo que hay en la habitación, lo que significa que golpeará la lámpara, tirará la taza de café, pondrá sus dedos en el enchufe y romperá el periódico. Está aprendiendo constantemente y, lógicamente, no podemos soportarlo. Hemos decidido que es hiperactivo o incapaz de prestar atención, cuando lo que realmente sucede es que presta atención a todo. Está pendiente de todo con los cinco sentidos para aprender sobre el mundo que lo rodea. Ve, oye, siente, huele y saborea. No hay otra forma de aprender que a través de estas cinco rutas hacia el cerebro, y el niño las usa todas. Si utilizando su ruta visual ofrecemos al niño la posibilidad de visualizar palabras, eso sí, de gran tamaño, estará aprendiendo a leer, y con muy pocas repeticiones (entre 10 y 15) reconocerá cada palabra aprendida, de la misma forma que cuando escucha una palabra la reproduce oralmente.
Los estímulos visuales son mucho más fácilmente retenidos pues son estables, pueden ser siempre de la misma calidad, se repiten de manera idéntica todas la veces que quieras y la vía visual no pierde la capacidad de procesarlos fielmente durante todos los años de escolaridad. En cambio los estímulos auditivos, como las palabras, son etéreos -la vibración se pierde en segundos, se mezclan con otros sonidos ambientales, son diferentes dependiendo de la persona que procedan, y a medida de que los niños se alejan de la infancia la percepción codificación y descodificación de nuevos fonemas disminuye.
Aprender a leer es tan fácil como aprender a hablar.
El cerebro humano es singular, y se puede decir de él que es el único contenedor que es capaz de recoger más cuanto más le echas.
En los cuatro o cinco primeros años la habilidad para absorber información es inigualable y el deseo de hacerlo es mayor de lo que jamás será después. Aprender también es el juego más fabuloso de la vida, y el más divertido.
Hemos asumido que los niños odian aprender básicamente porque a la mayoría de ellos no les ha gustado el colegio, o incluso lo han despreciado. Hemos confundido el colegio con aprender. El proceso de aprendizaje debería ser prioritariamente divertido, ya que es el más fabuloso juego de la vida.
Los ojos ven pero no comprenden lo que ven, y los oídos oyen pero no comprenden lo que oyen. Sólo el cerebro comprende.
Cuando el oído capta, o recoge, una palabra o mensaje hablado, este mensaje auditivo se rompe en una serie de impulsos electroquímicos que son enviados al área auditiva del cerebro, que los descodifica y comprende en lo que se refiere al significado que la palabra intentaba transmitir.
De la misma manera, cuando el ojo capta una palabra o mensaje escrito, este mensaje visual se rompe en una serie de impulsos electroquímicos que son enviados al área visual del cerebro donde se descodifican y se comprenden como lectura. Es un instrumento mágico el cerebro.
Tanto la vía visual como la auditiva viajan a través del cerebro donde ambos mensajes se interpretan por el mismo proceso cerebral.
Sólo hay seis funciones neurológicas que son exclusivas en el hombre. Estas habilidades exclusivamente humanas están presentes y en funcionamiento alrededor de los primeros ocho años. Vale la pena conocerlas:
1. Sólo el hombre es capaz de caminar completamente erguido.
2. Sólo el hombre habla en lenguaje abstracto, simbólico y figurativo.
3. Sólo el hombre es capaz de combinar su capacidad manual única con las habilidades motoras para escribir su lenguaje.
Estas tres primeras habilidades son de naturaleza motora (expresivas) y están basadas en las tres restantes, que son de naturaleza sensorial (receptivas).
4. Sólo el hombre comprende el lenguaje abstracto, simbólico y figurativo que oye.
5. Sólo el hombre sabe identificar un objeto únicamente a través del tacto.
6. Sólo el hombre ve de una manera que lo capacita para leer el lenguaje abstracto cuando está en forma escrita.
Un niño de ocho años es capaz de realizar todas estas funciones, ya que camina, habla, escribe, lee, comprende el lenguaje oral e identifica objetos a través del tacto.

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